Bora Bora, un tesoro de la naturaleza

En un pequeño avión, sobrevolando el inmenso océano Pacífico, se vislumbra a lo lejos una isla perfecta. A medida que te vas acercando tus expectativas se van cumpliendo, y cuando estás sobre ella se ven superadas. Bora Bora, “la perla del Pacífico”, luce magnífica desde el aire. Es una gran suerte que la naturaleza se haya mostrado de esta forma tan prodigiosa, emergiendo del fondo del mar una isla tan bonita.

Bora Bora se compone de una isla central, en la que se eleva el monte Otemanu, y que es rodeada a modo de corona por los llamados motus, islotes arenosos fruto de los arrecifes de coral. Y entre ambas formaciones, se crea la gran laguna de agua turquesa. El resultado es un conjunto único y perfecto, obra de la naturaleza. Un tesoro que se encontraba escondido en el medio del Pacífico.

Aterrizas en uno de los motus, donde está el aeropuerto. Parece todo un sueño. Nada más llegar notas que es un lugar especial. Y un barco te espera para trasladarte a tu hotel. Entonces tienes el primer contacto con la laguna y te dejas rodear por la belleza del lugar, mientras llegas al destino, una pasarela de madera que une hermosas cabañas, construidas sobre el agua turquesa.

El Four Seasons de Bora Bora está situado en el motu Tofari, mirando al monte Otemanu. Todo parece estar recién puesto, para que el huésped lo encuentre como si acabase de ser construido para él. Lo más bonito es ver cómo se asientan sobre la laguna los llamados “overwaters”. Y cuando conoces las cabañas te parecen perfectas: amplias, con todas, todas las comodidades y con tu propia terraza que accede a la laguna.

Descubrir los rincones del resort es ir saboreando la buena vida: la playa, las camas, los jardines, la piscina rebosante, los restaurantes, el cuidado servicio… y al otro lado del motu el spa, al aire libre, mirando al océano Pacífico. Impresionante. Las olas, que vienen desde más allá del horizonte, no cesan de rompen contra el arrecife. Esa playa de corales es especialmente atractiva, pues sabes que más allá de ella, solo a unos metros, el agua cae en la profundidad marina. Sientes la sensación de estar al margen del resto del mundo.

Bora Bora te pide recorrerla, navegando a vela, en canoa, o moto acuática, con la que puedes rodearla a toda velocidad, gracias a la calmada agua de su laguna, mientras disfrutas del paisaje. Pero la belleza no solo está en la superficie, sumergido existe otro mundo increíble. Gracias a su peculiar geología y sus arrecifes, bajo el agua se encuentra un rico universo marino: peces y corales de todos los colores. Hay que recorrer la isla en lancha fondeando en sus diferentes rincones, para bucear y conocer la riqueza que allí se esconde.

Pero además en la isla central también se encuentra un mundo un poco más real. La capital es Vaitape, y desde allí puedes recorrer la isla en bicicleta, parando en las tiendas de perlas, preciosas. Allí descubres que no todos sus habitantes son viajeros, ni todo son hoteles de lujo, sino que también hay quién llegó y se quedo a vivir. Y encontramos un restaurante que tiene un hueco en la particular historia de Bora Bora, Bloody Mary’s, un singular chiringuito, con su propio embarcadero, en el que visitantes de todos los lugares van a cenar pescado fresco en sus mesas sobre la arena.

Bora Bora es la isla soñada. Una perla en medio de la nada. Un lugar para conectar con la naturaleza y olvidar por unos días la velocidad del mundo, y sentirse por instantes como Robinson Crusoe en su isla desierta.

[Texto y Fotos: Carlos Montero]

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